sábado , agosto 15 2020

EL CAMPO EN ABANDONO / A dos años del triunfo de AMLO, ¿qué sigue?

Editorial /

Para nuestra incipiente, endeble y deteriorada democracia, las elecciones del 2018 representaban buenas expectativas para muchos, sobre todo, incertidumbre para pocos. Digamos que las expectativas desde el punto de vista más positivo, surgían en los millones de mexicanos fastidiados de la corrupción y de la decadencia de las instituciones y de un sistema político mexicano plagado de desatinos y descomposiciones que desde hace décadas sumían al país en la desigualdad.

La incertidumbre por su parte, al ganar AMLO se generaba entre las élites del poder político y económico, creadores y partícipes de esa desigualdad que aquí se menciona. El triunfo de Andrés Manuel no es propio de un solo personaje, fue un triunfo de cientos de luchadores sociales, dirigentes políticos, guerrilleros históricos, indígenas, campesinos y un largo y casi interminable etcétera. Es decir: toda una lucha histórica de vivos y de muchos muertos que entregaron su vida por una causa justa, encontraron un vocero, un personaje que sería el encargado de encabezar todas las demandas y siendo ya presidente tendría que -si no resolverlas-, cuando menos colocar las bases de lo que sería la sociedad justa e igualitaria que anhelamos.

Dos años de la llegada al poder de AMLO merecen una profunda reflexión. Por un lado, no sería suficiente ni representaría gran cosa partir de datos estadísticos, números o cifras oficiales, si estas no son realmente ajustadas a una metodología o bajo la implementación de los mecanismos adecuados de medición como lo estipulan los indicadores de desempeño. Dos años son insuficientes para que los seguidores y los detractores del presidente (en muchos casos fanáticos de uno u otro bando) aseguren si se va por el rumbo correcto o no. Sin embargo, es necesario reflexionar sobre lo tangible, los resultados concretos y que se pueden medir desde las comunidades.

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¿En qué se ha avanzado? En mucho, sostengo. Veo una sociedad mucho más participativa y más crítica de las acciones del gobierno. Se avanza en una ruta que en el discurso del presidente ha funcionado bien: el combate a la corrupción (en el discurso recalca), orientado a la población para hacer conciencia de que esa práctica es absolutamente condenable.

Se ha avanzado en la búsqueda de erradicar del imaginario aquellas frases colosales de antaño cómo ¿Para qué voto si siempre ganan los mismos? aunque para los opositores que lean estas líneas, los avances que señalo pudieran representar poco o casi nada, soy de los que piensan que una sociedad más informada y participativa cambiará el rumbo del país. Para mí, el avance es mucho.

¿En qué no se ha avanzado? Lamentablemente en la corrupción y en el combate a la inseguridad por citar solo dos ejemplos. El presidente no ha entendido que la corrupción no se acaba porque lo afirme en su discurso, además de que sería absurdo pensar que los miles y miles de funcionarios o servidores públicos no son corruptos porque el presidente no lo es. Ni en su círculo más cercano, absolutamente nadie, ni siquiera el presidente podría afirmar que no son corruptos, ¿Cómo podría alguien dentro del más sano y objetivo juicio, argumentar que se acabó con la corrupción si es el mal más viejo y poderoso que existe en la burocracia de este país? Pues nomás no se puede. Sigue habiendo corrupción en todos los niveles de gobierno. La única forma de empezar a erradicarla es poniendo el ejemplo desde adentro, con los más cercanos y de ahí, para afuera.

Una pregunta ingenua, haría yo al presidente: ¿No hay elementos para juzgar por actos de corrupción a Peña Nieto? En lo personal creo que sí y que deberían emprenderse de inmediato las acciones pertinentes. Dicho sea de paso, estoy convencido que AMLO no es corrupto, pero de que hay corrupción en su gobierno, la hay. Los casos están documentados, sobre todo en la ejecución de los programas para el bienestar.

La inseguridad es otro de nuestros peores males y ahí sí ni qué decir. Vaya herencia de tantos años, pero nadie puede negar (ni las cifras oficiales ni el batallón de tuiteros de Felipe Calderón) que esta se recrudeció desde la torpe guerra contra el narcotráfico. Aceptemos entonces que esta herencia de Calderón nos tiene donde estamos, ¿Cuál es la respuesta del Estado? ¿Abrazos, no balazos? ¿Militarización? ¿Convertir a la policía federal en guardia nacional? La respuesta y la política pública para combatir la inseguridad está fallando, pero entrar a un proceso de pacificación va mucho más allá de los discursos románticos o las buenas intenciones.

La inseguridad se puede combatir si se atacan esos dos frentes que sostienen a los grupos criminales: los incuantificables recursos económicos y los jóvenes carentes de oportunidades de crecimiento y desarrollo. Esto más la participación activa de la sociedad organizada o no, representa la clave de la pacificación.

Aunado a estos dos puntos hay uno que me resulta más preocupante y que es el pan de cada día: la polarización política y como hemos señalado muchos en distintos espacios, se presenta por todos lados, incluido el presidente. Es la hora necesaria para hacer un alto inmediato, un cese al fuego de las declaraciones y de los llamados al odio y a la violencia política que sin duda deriva en otro tipo de violencia.

Tantos discursos de confrontación solo ahondan la fragmentación de los ciudadanos cuando tenemos a la vuelta de la esquina un proceso electoral de suma importancia que habrá de presentarse en el 2021. Por esa razón, a dos años del triunfo de AMLO considero que lo que sigue es lograr un acuerdo nacional de reconciliación con todos los sectores de la sociedad y que ésta debe ser impulsada por el presidente que mantiene sus niveles de aceptación entre sus gobernados.

Eso implica reconocer los errores del gobierno, no negarlos sino resarcirlos, implica también llamar a la oposición a serenarse y a preocuparse más por la construcción de agendas en beneficio del país que por las ambiciones de regresar al poder. Sólo veo esa alternativa y mientras eso no suceda, a los que representamos la voz de algún colectivo u organización o quiénes por su actividad son reconocidos como líderes de opinión nos corresponde hacer nuestra parte.

Por: Luis Tovar / El Portal de Monterrey

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